El invierno en el territorio de los Del Fuego siempre había sido una estación de miedo y aislamiento bajo el mandato distante de los antiguos líderes. Pero este año, aunque la nieve cubría los valles con la misma intensidad, el aire se sentía diferente. La ejecución civil de Ciro —su destierro y la ruptura de su conexión con la esencia del lobo— había enviado una onda de choque a través de todas las manadas aliadas. Ya no existía el "niño mimado" de la dinastía. Ahora, el trono estaba ocupado por una dualidad aterradora y perfecta: el Alfa de Hielo, Severo, y su Gran Luna, Roxana Bruma.
Tres meses habían pasado desde la noche en la cabaña. Roxana ya no era la joven que bajaba la mirada. Se movía por la mansión con una elegancia gélida, vestida en sedas oscuras y pieles sintéticas, con el collar de diamantes y oro blanco brillando perpetuamente en su cuello, cubriendo la marca que la unía a Severo.
Bajo su liderazgo, la manada había experimentado cambios radicales. Roxana había elimina