La lluvia golpeaba con una violencia rítmica los techos de chapa de los barracones de castigo, creando una atmósfera de aislamiento y desesperación. Para Ciro, cada gota sonaba como una burla de la naturaleza. Llevaba cuarenta y ocho horas sin probar bocado, castigado por "accidentalmente" romper una de las herramientas de labranza mientras intentaba, inútilmente, demostrar una fuerza que ya no poseía. Sin el respaldo del dinero de la manada y con su estatus de Alfa joven suspendido, su cuerpo de lobo estaba recurriendo a sus reservas, dejándolo débil, febril y propenso a las alucinaciones.
En la oscuridad de su celda, Ciro soñaba con el pasado. Se veía a sí mismo en el instituto, rodeado de chicas que suspiraban por él, con Roxana siempre a un par de metros, sosteniendo su mochila o esperándolo con una botella de agua después del entrenamiento.
—Eres tan estúpido, Ciro —se susurró a sí mismo, con los labios agrietados—. La tenías en la palma de la mano... y la dejaste ir.
Pero su arr