El aire en la cumbre del Monte de los Lamentos estaba tan cargado de electricidad que el pelaje de los lobos guardianes se erizaba por instinto. Había pasado un año desde el destierro de Ciro, y la manada Del Fuego vivía una era de prosperidad sin precedentes bajo el mando de Severo y Roxana. Sin embargo, el odio, cuando no se extirpa de raíz, es como una infección que viaja por el torrente sanguíneo, esperando el momento de mayor debilidad para atacar.
Esa noche, la luna no era blanca. Un eclipse penumbral la había teñido de un rojo oxidado, la mítica "Luna de Sangre", el momento en que los vínculos son más fuertes, pero también cuando la locura de los lobos desterrados alcanza su punto de ebullición.
Roxana estaba en el balcón de la mansión, sintiendo una inquietud que le oprimía el pecho. Su vínculo con Severo vibraba con una nota discordante, una señal de peligro que solo ella podía percibir.
—Algo viene, Severo —susurró ella, mientras él aparecía a su espalda, con su armadura de