El amanecer en la ciudad no trajo claridad, sino una tensión eléctrica que se palpaba en el aire. Elena no pegó el ojo, vigilando la habitación de Mía junto a Dante, cuya mano nunca se alejó de su arma. Pero Caleb Valente no era un hombre de ataques nocturnos; él prefería la luz del día para que todos pudieran ver su triunfo.
El Caballo de Troya (Parte 1)
A las diez de la mañana, Elena entró en la sala de juntas del Grupo Solari para una reunión de emergencia. Al abrir las puertas, se encontró con una escena que la dejó gélida: Caleb estaba sentado en la cabecera, en la silla que solía ocupar el padre de Elena, revisando una tablet mientras tomaba café con una calma insultante.
—Buenos días, Elena. Llegas tres minutos tarde —dijo Caleb sin levantar la vista. Su voz era una mezcla perfecta de terciopelo y veneno.
—¿Quién diablos te crees que eres para estar sentado ahí? —rugió Dante, entrando detrás de Elena—. Seguridad, saquen a este intruso.
Caleb levantó una mano, deteniendo a los g