La medianoche cayó sobre la fortaleza del Eclipse con un silencio antinatural. No había grillos, ni el susurro del viento entre los pinos. Solo un frío glacial que parecía filtrarse a través de las paredes de piedra negra. Me desperté de golpe, con el anillo de mi madre ardiendo contra mi piel. No era un calor reconfortante; era una señal de alarma.
—Ya están aquí —susurré.
Me puse una túnica de cuero y salí al corredor. Encontré a Valerius ya armado, con su espada de acero negro en la mano y sus ojos grises convertidos en pozos de tormenta.
—Kael es un cobarde —gruñó Valerius, su voz vibrando con una furia contenida—. Ha traído a los Caminantes del Abismo a nuestras puertas. Ha vendido su alma por una venganza que no puede cumplir.
Salimos a las almenas de la fortaleza. Lo que vi me heló la sangre. El bosque, que antes era vibrante y misterioso, ahora estaba cubierto por una niebla grisácea de la que emergían figuras esqueléticas y lobos con ojos rojos y vacíos. No eran seres vivos;