Detrás del mayordomo se alineaban más de una docena de hombres robustos, con cara de pocos amigos.
Mariana lo entendió de inmediato: escapar por la fuerza era imposible. Sin otra salida, bajó la mirada y regresó a su habitación, aunque por dentro ya planeaba huir por la ventana durante la madrugada.
Las horas se arrastraban lentas, como si el tiempo mismo se burlara de ella.
Mariana no podía estarse quieta. Caminaba en círculos, se mordía las uñas, revisaba el reloj cada cinco minutos.
Una parte