Clara no dudó ni un segundo y señaló a Mariana:
—Papá, mamá, a todos los demás pueden apoyarlos... menos a ella.
Manuel y Carmen asintieron sin titubear.
—Como digas —respondieron al unísono.
Mariana, segura de que sus buenas notas le darían la beca, no podía creer que Clara la rechazara con una sola frase. Rompió a llorar de inmediato:
—¡Por favor! ¡Yo necesito esta oportunidad! Me encanta estudiar, no quiero dejar la escuela.
Clara, al ver que Mariana no había vuelto a vivir como ella, mantuvo el rostro impasible.
—Entonces busca a alguien más que te ayude. Te doy un nombre: Lucas Castro. Ve con él, quizá tengas suerte.
Mariana se arrodilló allí mismo.
—¡Se los ruego! Ustedes tienen tanto dinero, ¿qué les cuesta ayudarme también a mí?
Clara no quiso verla más y soltó una orden tajante:
—Llévenla al hospital. Que vaya a ver a Lucas.
¿No era a él a quien le gustaba? Así que en esta vida ella misma se encargaría de juntarlos.
Los guardaespaldas obedecieron sin dudar, arrastrando a Maria