—¿Se enteraron de lo del hijo de los Castro? Se tiró al lago por la señorita Santos y hasta se abrió la frente. ¡Eso fue de novela!
—¿De novela? ¡Por favor! A esa edad ni saben lo que es el amor, puro impulso. Ya de grande se va a arrepentir.
—Lo que sí, la señorita Santos tiene el corazón de piedra. Ni con eso se conmovió.
—Capaz que no le gustan los que se destrozan el cuerpo por amor. El pobre Castro está inconsciente, con una fiebre altísima.
Clara apenas había vuelto a su cuarto cuando escuchó a unas enfermeras chismear sobre lo ocurrido. Se hizo la sorda, se lavó la cara y se metió en la cama.
Mientras tanto, Lucas ardía en fiebre. Pasó la noche dando vueltas entre el desvelo y el delirio. Ya de madrugada empezó a alucinar: vio a la Clara de su otra vida, con los ojos rojos fijos en él, la ropa hecha jirones y un cuchillo clavado en el pecho del que goteaba sangre.
—¡Clara! —gritó, con el alma rota, empapado en lágrimas.
Estiró la mano para tocarla, pero cuando estaba a punto de