Clara se sorprendió un momento y luego negó con la cabeza.
—Mi prometido es alguien que me presentó una amiga de mi mamá. Nuestras familias se llevan bien y pronto nos vamos a casar.
Lucas apretó los puños, decidido a no darse por vencido.
—Entonces, por lo que dices, no parece que se quieran mucho.
Clara sonrió tranquila.
—¿Y qué importa? Aunque lo hubiera, al final da lo mismo.
Lucas se quedó sin palabras. Guardó silencio un buen rato y, al final, forzó una sonrisa.
—Te deseo felicidad.
—Igualmente.
Ella le devolvió una sonrisa leve y distante, y salió del café sin volver la vista.
Lucas la siguió con la mirada, con las lágrimas rodándole sin freno. Entre ellos ya no había vuelta atrás.
De regreso a casa, Clara alcanzó a ver entre la multitud a una mujer de cara envejecida, con la ropa gastada y descolorida, que discutía a gritos con un vendedor ambulante. A su lado, dos niños pequeños lloraban desconsolados.
Era Mariana.
Después de tantos años, su vida iba en picada.
Clara desvió la