Clara apartó la mirada y subió al auto con sus padres.
El mayordomo, que había presenciado todo, dejó escapar un suspiro:
—Señor Castro, váyase ya. No siga destrozando su salud.
Pero Lucas no escuchaba. El cuerpo helado le temblaba sin parar y murmuraba entre dientes:
—Me arrepiento tanto... ¿por qué tuvo que terminar así?
El rugido del motor lo sacó en seco de sus pensamientos. Abrió los ojos con desesperación y corrió tras el carro.
—¡Clara, no te vayas!
Su cuerpo ya no aguantó. Apenas dio unos pasos y se desplomó en la nieve, con sangre escurriéndole de la boca, hasta perder el sentido.
Desde la ventanilla, Clara giró la cabeza instintivamente y lo vio caer. Esa figura delgada y vencida bajo la nieve era una imagen que calaba hondo... pero, ¿qué tenía que ver ya con ella? Cerró los ojos y reprimió cualquier emoción.
Ya en el extranjero, la vida de Clara fue tranquila. Cuando entró a la universidad hizo nuevos amigos, y algunos antiguos compañeros se pusieron en contacto para saludar