La puerta del salón se abrió de golpe y Lucas irrumpió, fuera de sí. De un tirón arrancó el amuleto del bolso de Clara y lo arrojó al suelo.
Clara lo empujó con rabia.
—¿Ya basta, no? ¡A ti qué te importa!
Se agachó enseguida, recogió el amuleto y, con calma, le pidió disculpas a Julio.
Lucas tenía los ojos enrojecidos.
—¿Entonces ahora piensas aceptar a él? ¿De verdad quieres hacerme sufrir así? ¿Por qué no me das aunque sea una oportunidad?
Clara, furiosa, lo miró con desprecio:
—Lucas, búscate un psiquiatra.
Él temblaba de ira. Se giró hacia Julio y lo fulminó con la mirada.
—¡Te lo advierto! Clara es mía, ni lo sueñes.
Julio, aunque molesto, se mantuvo sereno y respondió:
—Lucas, Clara no es una cosa. Es una persona, y nadie es dueño de nadie. Si de verdad la quieres, respétala.
—¿Y tú quién eres para darme lecciones? —rugió Lucas—. No te hagas el santo, sé muy bien lo que quieres. ¡Aléjate de ella!
En ese momento sonó la campana y la profesora entró al aula. Al ver la escena, preg