En la habitación de lujo, los sollozos de una mujer rompían el silencio. Lloraba sin consuelo, con los hombros sacudiéndose en cada ruego entrecortado.
Pero nada de eso detenía al hombre encima de ella. Al contrario, parecía empujar con más rabia, como si estuviera desquitándose con su cuerpo.
No fue hasta que Lucas soltó un gruñido seco que la mujer dejó de moverse. El aire quedó denso, cargado solo con sus respiraciones agitadas.
Marina se apartó, todavía con la piel ardiendo, y le dio un empu