No entendía cómo Sarah podía transformarse de esa manera. Ante Matías era siempre un alma delicada, sonriente, incapaz de hacer daño. Pero cuando él no estaba, sus palabras eran frías como cuchillas, calculadas, y lograban incrustarse en lo más profundo de mi mente. Y lo peor… era que nadie más parecía verlo.
Ese día, Matías insistió en que los tres almorzáramos juntos. “Para que se sientan más cómodas”, dijo él, convencido de que la convivencia nos haría bien. Yo asentí en silencio, aunque por