Me quedé helada después de lo que Sarah me había dicho. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza como un eco imposible de silenciar: “Matías me dijo que te iba a terminar lentamente”. Quería gritarle que era mentira, que no podía ser, pero mi voz se había ahogado antes de salir. Me limité a sonreír forzadamente, como si no me hubiese desgarrado por dentro, y busqué una excusa para marcharme.
Esa noche dormí poco. Mis pensamientos me apretaban el pecho como una serpiente que se enrosca sin