—¿Y tú quién demonios te crees? ¡¿Desde cuándo te toca darle lecciones a mi esposa?!
—Liliana, aterriza: para mí no eres más que un instrumento para tener un hijo.
La voz de Ernesto era hielo puro; cada sílaba le golpeó a Liliana directo al pecho.
“Se acabó”, pensó, temblando de pies a cabeza. Pero enseguida se aferró a la única tabla de salvación que le quedaba: el bebé que llevaba dentro. No, Ernesto no sería capaz de deshacerse de ella… ¿verdad?
Bajó la mirada, fingió un sollozo.
—Se-señor Go