Sofía se marchó y Ernesto no supo cuánto tiempo permaneció en la funeraria.
Guardó el celular de forma mecánica y vagó sin rumbo por la ciudad, hasta que de pronto se encontró frente a la vieja casa.
Alzó la vista: las ventanas, antes relucientes, lucían despintadas y astilladas.
Recordó a Teodora esperándolo en el balcón, al anochecer, contando los minutos para abrazarlo.
Ahora, ella ya no aparecería jamás.
Subió las escaleras. Dentro, los albañiles trabajaban entre polvo y escombros; la vida q