César, inusualmente, intervino. Sira sintió un escalofrío al observar su expresión impasible, que no revelaba emoción alguna.
—¡Esa perra sedujo a mi esposo! —exclamó la señora Fernández sin dudarlo.
César entrecerró ligeramente los ojos, emanando una peligrosa aura de autoridad.
Felipe se le acercó y le explicó:
—Señor Herrera, disculpe este escándalo. Es un asunto personal. Lo resolveremos en privado.
Dicho esto, extendió la mano para arrastrar a Celia, mientras la mirada afilada de César se p