Celia permaneció quieta, sin atreverse a mirar atrás. La máscara de César estaba a solo un suspiro de distancia; con solo inclinarse un poco más, sus labios podrían rozar los suyos. No sabía cuánto tiempo había transcurrido en esa postura. Finalmente, dudó y susurró:
—¿Se ha ido?
La mirada de César se fijó en esos labios rojos entreabiertos. Pero, al final, su impulso cedió bajo su control.
—Sí —contestó con un murmullo.
Celia entró rápidamente en el ascensor. César echó una última mirada al pas