César se detuvo en seco, notando la extraña rigidez de su propio cuerpo ante el abrazo de Sira.
En el pasado, esos gestos solían provocarle cierta satisfacción. Pero ahora, esa sensación había desaparecido.
Sira lanzó una mirada calculadora hacia la figura que permanecía fuera del pabellón y, con un tono de voz encantadora, le preguntó al joven.
—César, sin importar lo que pase, me creerás, ¿cierto?
Distraído, César miró hacia la ventana y le respondió con un "hmm" automático. La sonrisa triunfa