En la cama, los dos cuerpos se pegaron demostrando cierta intimidad. Celia sintió el cambio del cuerpo de César, mientras el suyo permanecía rígido como una estatua, paralizada por la tensión que sentía.
—¿¡Acaso Sira no puede satisfacerte!? —pensó ella.
Antes, confiaba en que César jamás la forzaría, pero ahora esa certeza había desaparecido por completo… Hubo un tiempo en que anhelaba su contacto, pero ese deseo se había convertido en rechazo. Le resultó tan desagradable el hecho de que ella