En brazos de César, Celia fue llevada al auto. Ella cerró la puerta con debilidad, aislándose de los ruidos. A través de la ventanilla, alcanzó a ver a Mara revolcándose en el suelo en su patético drama y a Ada pasmada en su lugar. El resto de la gente comentaba, pero Celia ya no podía oír de qué estaban hablando.
César pasó, con ternura, sus dedos por su mejilla, que estaba hinchada. Ella apartó la cara, pero él, como si hubiera anticipado su reacción, la sostuvo con firmeza contra su pecho.
—¿