César le preguntó con cierto disgusto.
—¿Te sientes molesta porque interrumpí tu cita con Alfredo?
Ella ni siquiera lo miró.
—¿A ti te alegra que yo interrumpiera tus momentos con Sira?
Apenas terminó la frase, él la volteó bruscamente. Le sujetó la mandíbula con sus dedos, forzándola a mirarlo a los ojos.
—Celia, escucha, aún no estamos divorciados.
—Entonces, ¿cuándo lo estaremos?
—¿Tienes afán?
—Sí, mucho —ella respondió sin dudarlo. Parecía desesperada por irse.
La fuerza en la mano de César