En la casa de Rosa, ella le pidió a Alfredo que se quedara a almorzar con ellas y él no se negó. Contenta, ella fue a la cocina a preparar la comida, como si les estuviera dejando espacio y, de vez en cuando, prestaba atención a los ruidos en la sala de estar.
Alfredo tomó un sorbo de café y, al ver a Celia distraída, le sonrió:
—No te preocupes. Si ellas vuelven a causarles problemas, puedes pedirme ayuda en cualquier momento.
—Pero, temo molestarte… —Ella volvió en sí.
—Claro que no, tontita.