Devatra permanecía inmóvil en su sitio, con los ojos entrecerrados mientras observaba fijamente al oso de peluche marrón que comenzaba a alejarse. Aquella extraña sensación en su pecho se hacía cada vez más intensa, alimentando una sospecha que tenía demasiado sentido en su cabeza. Ese aroma, aquella manera de caminar ligeramente cojeando y reprimiendo el dolor... no podía equivocarse.
—Joya —llamó Devatra, con una voz que de repente se volvió fría y plana.
Joya, que estaba abanicándose el cuel