Los pasos de Cassie eran inestables mientras volvía a recorrer el estrecho pasillo que Devatra ya había abandonado.
Bajo aquel disfraz de oso, que cada vez le resultaba más sofocante y abrasador sobre la piel, su pecho latía con violencia, presa del pánico.
Sus ojos hinchados recorrían con ansiedad cada rincón del suelo alrededor del montón de cajas de cartón usadas, aunque las lágrimas nublaban su visión.
—¿Dónde... dónde lo arrojaste, Dev...? —susurró Cassie con la voz ahogada mientras se arr