La noche avanzaba, pero el silencio en el lujoso despacho se volvía cada vez más opresivo. Devatra seguía sentado tras su escritorio ejecutivo, contemplando con la mirada perdida los expedientes de la licitación de Morlens Corp. Su concentración se había esfumado; cada cifra en el papel se transformaba en los ojos castaños de Cassie bajo la llovizna del callejón.Un leve golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Acto seguido, Joya Yvonne entró con una elegancia impostada, vistiendo un camisón de satén negro que contrastaba con la taza de café cargado que llevaba en una bandeja. En un rincón, Cheely, de solo siete años, abrazaba en silencio a su viejo oso de peluche sobre el sofá de cuero, mirando a su padre con ojos lánguidos.—Cariño, ya es hora de que Cheely duerma —dijo Joya, mostrando su sonrisa maternal más dulce—. Cheely, ve a tu habitación a descansar, mañana tienes escuela.Acarició el cabello negro de la niña con aparente dulzura, aunque lanzó una mirada a Devatra para
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