Aimunan
El trayecto a la casa de piedras fue un borrón de velocidad y agonía. Cada minuto que pasaba, el dolor en mi vientre se intensificaba, transformándose en contracciones rítmicas, violentas, como si mi propio cuerpo hubiera decidido expulsar el milagro que tanto me costó ocultar. Un frío glacial me recorría la médula espinal, un frío que no pertenecía a la selva, sino a la pérdida inminente. El veneno de la cascabel, diluido en mi sangre, no buscaba mi muerte, sino la de esa chispa de vi