Alexander
El deseo nos consumía. En esa habitación no existía el mundo, ni la selva, ni los informes; solo el incendio que se desataba entre nuestros cuerpos. Era puro fuego: un intercambio de besos hambrientos y caricias que quemaban la piel. La quería como no había imaginado querer a nadie.
Mientras mis manos recorrían su geografía, el dibujo de Marcos cruzó mi mente como una ráfaga. No. Ella me vería a mí, me sentiría a mí, sería mía y de nadie más. Me despojé de lo último que me cubría ba