Verdadero Tesoro
Alexander

El deseo nos consumía. En esa habitación no existía el mundo, ni la selva, ni los informes; solo el incendio que se desataba entre nuestros cuerpos. Era puro fuego: un intercambio de besos hambrientos y caricias que quemaban la piel. La quería como no había imaginado querer a nadie.

​Mientras mis manos recorrían su geografía, el dibujo de Marcos cruzó mi mente como una ráfaga. No. Ella me vería a mí, me sentiría a mí, sería mía y de nadie más. Me despojé de lo último que me cubría bajo su mirada perpleja. Munan me observaba como quien descubre un continente nuevo, con una mezcla de temor y fascinación. Para mi sorpresa, fue ella quien acortó la distancia, entregándose a una exploración que me llevó al borde del abismo. Su boca era un cielo profundo y prohibido; me estaba volviendo loco, obligándome a luchar por no perder el control antes de tiempo.

​La levanté para fundirnos en un beso que sabía a nosotros, a pecado y a urgencia. La recosté de nuevo, posicionándome entre s
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