Alexander Lee
—Eso dicen mis padres, pero la verdad es que no sé si es una bendición o una maldición. ¿Tú qué piensas, amigo? —pregunté, intentando restarle importancia al asunto.
Mi interlocutor me sostuvo la mirada con una serenidad que me incomodaba.
—Eso le corresponde averiguarlo a usted. Tiene la marca de lo segundo, y aunque está consciente de ello, se niega a aceptarlo.
—No acepto nada negativo en mi vida —repliqué con firmeza—, mucho menos si proviene de siglos antiguos. ¿Qué culpa tiene un niño inocente de heredar desgracias ajenas?
—¡Tiene razón, hombre! —exclamó él—. Pero la vida siempre ofrece soluciones; es cuestión de buscarlas y no de huir.
—No estoy huyendo. Solo intento apaciguar el golpe, aunque eso no haga que desaparezca.
El hombre se levantó lentamente. Antes de marcharse, lanzó una última frase que me dejó helado:
—Buscas tierras raras, pero realmente solo necesitas una tierra rara y fértil. Son difíciles de hallar, pero si la encuentras, lo tendrás