Alexander Lee
El silencio que siguió a la advertencia de Isaac fue tan pesado que podía sentir el roce de la piedra fría contra mi espalda como si fuera una lija. Mis pulmones aún se sentían oprimidos por el olor a incienso y sangre, una mezcla que me recordaba que, en este lugar, la vida y la muerte caminaban de la mano.
—¿Protegerla de qué? —pregunté finalmente, rompiendo la tensión. Me puse de pie, mis articulaciones crujiendo por la tensión acumulada. Observé el lugar; la habitación, que