Aimunan
Desperté entre sábanas de seda, en la cama más suave que he probado jamás. Mi alegría se evaporó al ver a Alexander semidesnudo a mi lado. Una punzada en el vientre y las marcas de pasión en mi piel, visibles en el espejo, me devolvieron la realidad de golpe: lo habíamos hecho. No había vuelta atrás.
Me refugié en el baño para borrar los rastros de la noche, pero un detalle me congeló el pulso: no nos cuidamos. El pánico empezó a galopar en mi pecho. "Pastilla del día después", senten