El reloj marcaba la una de la madrugada. El silencio lo cubría todo en la mansión Fabbiani, y la oscuridad envolvía los pasillos con una calma engañosa.
Livia bajó a la cocina descalza, con un camisón blanco de algodón que apenas rozaba sus muslos. Su cabello suelto caía sobre los hombros, y sus pasos eran casi inaudibles sobre el mármol frío del suelo. Solo quería un vaso de agua. Solo eso.
Pero lo encontró a él.
Dante estaba de pie, apoyado contra la encimera, vestido con una camisa oscura en