Capítulo 80 — Bienvenida a las alturas, amor mío.
Una semana después, la camioneta de Kilian se deslizó con suavidad hacia la pista privada del aeropuerto.
Mi nerviosismo era una bola de serpientes enredadas en mi estómago, pero Kilian, sentado a mi lado, irradiaba una calma absoluta.
Claro, no eres tú quien debe caerles bien a una pareja de mafiosos.
Su mano, grande y cálida, descansaba sobre mi muslo, masajeando suavemente.
Trataba de infundirme algo de tranquilidad.
No funcionaba.
—Respira, krasavitsa —murmuró, pegando su boca e