La luz de la mañana se filtraba a través de las delgadas cortinas del hotel, iluminando el polvo y mi ropa esparcida por todo el suelo.
Me estiré en medio de la cama, mi cuerpo pesado por una noche de sueño inquieto y repleto de ojos avellana y sonrisas frías.
Tomé mi teléfono y lo revisé con un ojo abierto y uno cerrado.
No había mucho, solo unos cuantos mensajes de la clínica, nada urgente. No había nada de Daniel, tampoco.
Una punzada de culpa me atravesó por estar pensando lascivamente en e