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Capítulo 7 — Mi lugar favorito para… negociar.

La mesa se había convertido en nuestra arena privada de juegos.

Cada palabra era un duelo a muerte, su mirada gritándome que estuviera atenta a cualquier movimiento.

Pero no por algo malo, al contrario.

Kilian había cambiado; su fría mirada calculadora se había transformado en una curiosidad lasciva.

Ya no veía a la hermana de Daniel, su vieja compañera de colegio o a la veterinaria de Nueva York... Veía a la mujer del vestido rojo que lo estaba desafiando con una sonrisa juguetona.

Esa era mi mejor arma, y era momento de usarla.

—¿Siempre seduces a tus viejos amigos del colegio en bares de mala muerte? —le pregunté, dejando que mi pie se deslizara casualmente por su pantalón.

Él no se inmutó, pero un músculo en su mandíbula se tensó.

Apenas un poco.

Vamos, Kilian... Sé que quieres.

—Solo a las que se fueron sin despedirse —respondió con voz baja y grave—. Y este lugar está lejos de ser considerado de mala muerte, krasavitsa. Es mi lugar favorito para… negociar.

¿Krasavitsa?

¿Qué significa eso?

Y no solo eso, la palabra “negociar” la había dicho con una intención tan obscena que no pude evitar removerme en mi asiento.

Mi piel respondió con un calor instantáneo, pero mi sonrisa no se quebró ni un milímetro.

Es solo un hombre más, Nadia... No dejes que te quiebre.

—¿Y qué estás negociando esta noche, Kilian?

Él me miró por un momento y, después de unos segundos, se inclinó hacia adelante. El aroma de su colonia, seguramente costosa, invadió mi espacio.

Su aliento rozó mi oído, y yo tuve que obligarme a no cerrar los ojos por todas las sensaciones que me provocaba este hombre.

Dios, y eso que aún no me ha tocado.

—Tu atención... Y tal vez un poco de tu tiempo.

—Oh... Interesante negociación, Kilian. No sabía que estaba metida en una.

—¿Qué puedo decir? Estás aquí, en mi pueblo, en mi bar, bebiendo mi licor... La pregunta es; ¿qué estás haciendo aquí, Nadia? Realmente.

M****a.

¿Qué debo decir?

Era mi momento de actuar, pero, al mismo tiempo, el momento de echarlo todo a perder si no hacía las cosas bien.

Tenía la oportunidad de tenderle una trampa al mafioso frente a mí, pero había algo en la forma en que me miraba que hizo que mi propio juego se volviera peligrosamente real.

Dios, ¿por qué tiene que desnudarme así con la mirada?

—Quizás solo busco un poco de diversión —respondí, dejando que mi mirada bajara a sus labios. Luego sonreí—. Haven Falls se ha convertido en un recuerdo tan aburrido en mi mente... Me gustaría saber si ha cambiado algo en estos cinco años sin venir.

Una sonrisa lenta y satisfecha se extendió por su rostro.

Había mordido el anzuelo, pero yo sentía el tirón en mi propia carne.

Como si la que hubiera caído hubiera sido yo.

—Oh, doctora Vega... La diversión —me dijo, tomando mi mano y trazando un círculo con su pulgar en mi palma, cosa que me estremeció— es una especialidad de la casa... Créeme, me he encargado de eso. No te hará falta el libertinaje de Nueva York estos días para nada.

Oh, vaya.

La sensación fue eléctrica, un shock directo al centro húmedo de mi ser.

Sus palabras también se habían enterrado en lo más profundo de mi cuerpo.

Cerré los ojos por un segundo, conteniendo un gemido y, cuando los abrí, él estaba más cerca. Su mirada era un fuego verde avellana que amenazaba con consumirme por completo.

—Suena... emocionante.

—Ven conmigo —me ordenó de pronto. Su voz seguía siendo baja, sin dejar de mostrar sus verdaderas intenciones conmigo—. Mi auto está fuera. Te llevaré a un lugar donde podremos… divertirnos como verdaderos adultos... Sin ninguna regla.

¿Pero por qué lo haces tan difícil?

Mi mente comenzó a imaginarse diversas escenas eróticas con este hombre con rapidez.

Imaginé sus manos en mi piel, su boca recorriendo mi cuerpo entero, el orgasmo que probablemente me daría este hombre sin ningún problema y que he estado deseando desde que nuestros ojos se cruzaron.

Era demasiado para asimilar.

Por un momento, todo se desvaneció.

La misión, mi hermano, nada de eso me importaba. Solo existía la promesa del placer en los ojos de este peligroso hombre, que me llamaba como un cazador a un venado indefenso.

Dani...

¡No!

Casi le dije que sí. La palabra estaba en mi lengua, a punto de salir, dichosa y llena de expectativas.

Pero entonces, trayéndome a la realidad de golpe, mi mente me mostró la imagen de Daniel, destrozado y suplicándome que tenía que cumplir mi parte del trato.

“Tienes que ayudarme a matarlo, Nadia. Solo confío en ti.”

El deseo se desvaneció, y un pesado saco de culpa se posó con fuerza sobre mi espalda, casi derribándome al suelo.

No puedo decepcionarlo.

Con un movimiento suave, retiré mi mano de la de Kilian, tomándolo por sorpresa.

Joder, Dani. Solo por ti estoy rechazando un buen polvo con este hombre.

—Esta noche no, lo siento —le dije, y mi voz sonó sorprendentemente estable.

Sin miedo.

Su sonrisa se desvaneció. La sorpresa y un destello de frustración cruzaron su rostro.

Estaba segura de que no estaba acostumbrado a que le dijeran que no.

—¿No?

—No —repetí, levantándome y recogiendo mi bolso. Me atreví a mirarlo desde arriba, con una seguridad que empezaba a sentirse genuina. Por fin—. Tengo cosas que hacer... Pero la oferta… —Hice una pausa, sonriendo como si nada hubiera pasado—. La oferta tiene muy buena pinta. Casi me convences... Quizás en otra ocasión, Kilian.

Espero no perder el control contigo.

No le di la espalda de inmediato; me quedé viéndolo hasta que él asintió y, después, caminé hacia la salida con una lentitud deliberada, sintiendo su mirada clavada en mi espalda, quemándome a través del vestido.

Dios... Mi corazón está a punto de salir corriendo.

Cuando estuve fuera del bar, la noche fría me golpeó el rostro, desordenando mi cabello.

Respiré hondo y cerré los ojos. Estaba temblando, no por el frío, sino por la adrenalina y la frustración sexual que aún palpitaba en mis venas.

No había obtenido ninguna información.

No había avance alguno en el plan, pero había hecho algo quizás más importante; había plantado una semilla en su cabeza.

Le había mostrado que no era una mujer fácil, que no estaba desesperada por su atención, que era un premio que requería su propio esfuerzo.

A él no le gustaban los retos fáciles, eso se notaba desde lejos, así que esperaba que mi plan comenzara a andar más pronto que tarde.

Había abierto de par en par la puerta de mi vida para que el lobo entrara, creyendo que era él quien estaba en busca de su presa.

—Quizás pronto te lleves una sorpresa, Volkov.

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