El agua caliente caía con fuerza sobre nuestros cuerpos entrelazados, empañando los vidrios de la ducha, envueltos en nuestros gritos y el sonido que hacían nuestros cuerpos al chocar.
Kilian me tenía contra la pared de porcelana, mis manos inmóviles por encima de mi cabeza mientras me penetraba con una fuerza que sentía que me iba a partir en dos.
—Dios... ¡Ah!
—¡Así! ¡Vamos, Nadia! —su voz, ronca y dominante, resonaba en el pequeño espacio, logrando ponerme a su completa disposición—. Dime qu