Esa noche, el cielo de Manhattan era una losa de cemento húmedo a punto de colapsar sobre la ciudad, presionando el aire hasta volverlo denso, asfixiante y cargado de una electricidad estática que erizaba la piel.
Luciana Sterling estaba sentada en la parte trasera de su auto, con el motor apagado y las ventanas subidas, estacionada discretamente frente a The Blind Tiger, un bar de techos bajos y luz tenue donde sabía que el círculo de amigos de Ethan solía refugiarse cuando el mundo pesaba demasiado. Sus manos apretaban su bolso de diseñador con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, las uñas perfectamente cuidadas clavándose en el cuero costoso.
Sabía que era patético. Sabía que si Chloe la viera en ese momento, le diría que su comportamiento rozaba lo psiquiátrico, una obsesión tóxica e indigna de la mujer que acababa de ser ratificada como CEO definitiva de Sterling Industries. Pero la parte lógica de su cerebro, esa que tomaba decisiones financieras brillantes