Stefan se puso de pie.
No fue un gesto brusco. Fue el movimiento de alguien que necesita el suelo bajo los pies para sostener lo que va a decir: la gravedad entera del cuerpo detrás de las palabras.
Richard no se movió.
El despacho seguía igual: el ventanal al Park, el bastón de ébano apoyado en la silla, la lista de cuarenta y tres páginas sobre el escritorio con el nombre que faltaba.
—Una vez ya lo hiciste —dijo Stefan.
La voz contenida, el tipo de control que cuesta.
—Le diste tu bendición.