Los dos contratos cerraron el mismo día.
Un jueves. Primera semana de abril. El sol de Manhattan entraba por los ventanales del penthouse del Soho con esa calidad de primavera temprana: directa, sin disculpa, como si no hubiera habido invierno.
Stefan leyó la confirmación de los dos estudios jurídicos en la pantalla. Cerró el portátil. No sonrió. No celebró. Dejó que el silencio de la habitación se asentara alrededor del resultado; había esperado ese momento durante meses: no el instante precis