El cielo sobre Manhattan no estaba lloviendo; se estaba cayendo a pedazos.
Eran las ocho de la noche y la torre de Sterling Maritime crujía bajo el embate de una tormenta eléctrica que había convertido la ciudad en una boca de lobo intermitente. Los truenos sacudían los cristales de doble panel del piso 40, haciendo vibrar el suelo bajo los pies de Luciana.
En la oficina principal, solo quedaban dos personas.
Luciana cerró su laptop con un suspiro frustrado. Las luces del techo parpadearon por