El sonido de la electricidad volviendo a la vida fue un zumbido agudo que rompió el trance.
Las luces del techo del ascensor parpadearon una vez, dos veces, y luego estallaron en un resplandor blanco y clínico que los cegó momentáneamente. El motor rugió, y la cabina dio una sacudida violenta antes de comenzar a ascender de nuevo hacia el piso 40.
En cualquier otra circunstancia, ese momento de realidad habría sido la señal para separarse. Para alisarse la ropa, carraspear y fingir que la locura de la oscuridad no había ocurrido.
Pero no esta noche.
Ethan no la soltó. Al contrario, cuando la luz iluminó el rostro de Luciana —sus labios hinchados, sus ojos dilatados y vidriosos, su pecho subiendo y bajando contra el suyo—, algo primitivo se rompió dentro de él. La vio. Realmente la vio. No a la CEO, no a la traidora, sino a la mujer que había sido suya y que alguien más había intentado robarle.
El ascensor se detuvo en el piso ejecutivo con un ding alegre que sonó obsceno en medio del