El último día del reto llegó sin fanfarria. No hubo redoble de tambores. No hubo cuenta regresiva en luces de neón. No hubo el tipo de ceremonia que los finales importantes parecían merecer en las películas o en las novelas que Luciana había leído cuando todavía creía que las historias de amor tenían finales coherentes.
Solo un amanecer frío de invierno sobre Manhattan: cielo gris, el Hudson congelado en los bordes, y la certeza absoluta de que algo estaba por terminar.
Luciana se despertó a las