Luciana salió del edificio a las siete y cuarenta con la calma con la que había entrado. La puerta giratoria devolvió el aire frío de Manhattan, pero no la desordenó. Tenía el cuerpo tenso —no de miedo, sino de descarga— y los pensamientos ordenados por primera vez en semanas.
El Tesla estaba en el estacionamiento subterráneo, exactamente donde lo había dejado esa mañana. Plateado. Silencioso. Suyo.
Se sentó en el asiento del conductor y cerró la puerta.
El silencio del auto la envolvió como una