La nota llevaba treinta y seis horas en el cajón superior de su escritorio.
Luciana lo sabía del mismo modo en que se sabe de una herida que todavía no se ha tocado: con la conciencia específica de alguien que ha decidido, provisionalmente, no abrir algo porque una vez abierto ya no hay manera de devolverlo a su estado anterior.
Richard había llegado el viernes a las once de la mañana.
Había entrado a la biblioteca con el bastón, sin ser anunciado, con esa manera suya de moverse por los espacios