Manhattan desapareció por el espejo retrovisor sin despedirse.
Así era siempre: la ciudad no hacía ceremonias de salida. Simplemente dejaba de estar, reemplazada por el puente y luego por la oscuridad específica de las autopistas que salen hacia el este, donde las luces de los edificios se espacian y la noche recupera un grosor que en Manhattan nunca tiene.
Eran las dos y cuarenta y siete.
Luciana lo sabía porque el reloj del salpicadero lo decía, no porque lo hubiera mirado adrede. Había mucha