Seúl, Corea del Sur. Lunes, 9:00 AM.
La sala de juntas de Hansei Tech no era un lugar para negociaciones; era un quirófano estéril donde se diseccionaban imperios. Sus paredes de cristal blindado dejaban ver el horizonte gris y futurista de Seúl, una ciudad que nunca dormía, pero que para Stefan Vanderbilt se sentía como una tumba de hielo.
Stefan estaba sentado en el extremo de una mesa de ébano tan larga que parecía infinita. Su traje, un corte italiano hecho a medida que gritaba poder, era lo