La terraza de la suite en Chelsea tenía esa clase de mañana de mayo que llega sin anunciarse: limpia, todavía fría, con la luz del lunes tendida sobre el Hudson como si el fin de semana hubiera sido apenas una interrupción breve y ya tocara volver a lo serio.
Kate Morrison sostenía el café con una mano y miraba el río cuando Ethan llamó.
No revisó la pantalla antes de contestar. Sabía que era él. Lo había esperado desde el sábado con la misma disposición con que esperaba los fallos del tribunal: