El lunes a las diez de la mañana, Jerome aparcó el Mercedes en el garaje de la mansión Sterling y subió a la cocina por las escaleras de servicio.
Había recogido a Luciana y a Ethan en el ferri de Montauk a las ocho y cuarto. Habían llegado juntos al muelle: ella con la bolsa pequeña al hombro, el abrigo camel y el pelo todavía con sal de mar; él con el abrigo oscuro de la boda, ya seco, pero todavía impregnado de ese olor leve a carretera mojada que deja una noche bajo la lluvia. Subieron al c