La mañana del lunes en Montauk tenía esa cualidad precisa de las mañanas después de una tormenta: el aire lavado, el cielo todavía indeciso entre gris y azul, el mar más quieto que en días, como si la noche anterior hubiera gastado toda su energía y ahora solo pudiera moverse despacio.
Ethan estaba en la terraza con la segunda taza de café cuando Luciana apareció en la puerta con el teléfono en la mano.
No dijo nada.
Él la miró un momento. Reconoció la expresión con la facilidad de quien no la