El teléfono en la mesa de vidrio del penthouse no sonaba; gritaba.
Stefan Vanderbilt estaba de pie frente al ventanal panorámico, mirando las luces de una ciudad que odiaba con cada fibra de su ser. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre al límite: la camisa desabotonada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en una mezcla de insomnio y furia.
Sabía quién llamaba.
Solo había una persona en el mundo capaz de hacer que su línea privada sonara a esa hora intempestiva sin p