Encadenado a Once Mil Kilómetros

El teléfono en la mesa de vidrio del penthouse no sonaba; gritaba.

Stefan Vanderbilt estaba de pie frente al ventanal panorámico, mirando las luces de una ciudad que odiaba con cada fibra de su ser. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre al límite: la camisa desabotonada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en una mezcla de insomnio y furia.

Sabía quién llamaba.

Solo había una persona en el mundo capaz de hacer que su línea privada sonara a esa hora intempestiva sin previo aviso.

Stefan tomó el aparato. Su mano temblaba, no de miedo, sino de esa adrenalina tóxica que había estado corriendo por sus venas desde que recibió el correo de rechazo de Sterling Maritime.

Deslizó el dedo por la pantalla.

—Abuelo.

—Siéntate, Stefan.

La voz de Richard Vanderbilt cruzó el océano y los husos horarios con la claridad de un veredicto judicial. No había estática. No había calidez. Solo la autoridad de un dios del Olimpo hablando con un mortal que le había fallado.

Stefan no
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